¡Bienvenidos a Laberinto de Sangre!

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miércoles, 19 de diciembre de 2018

Capítulo III. Mohammed el incesante

Capítulo III. Mohammed el incesante



Golpearon por cuarta vez la puerta.
Alguien en un alemán con acento extranjero decía que abrieran la puerta, con un tono firme, pero no autoritario ni agresivo.
Ella escuchó el pedido. Le llamó la atención que aquellos soldados fueran respetuosos en aquel pedido de entrada. Con nerviosismo, se obligó a observar con mayor detenimiento y a pensar la situación con frialdad.
La señora trató de mirarlos a los ojos, en busca de algún tipo de respuesta, y no encontró nada que le inspirase temor. Más bien lo contrario, aquellas miradas claras y resueltas le inspiraron algo de confianza y solidez en medio de aquel caos de sensaciones. Tal vez era la ayuda enviada desde los estados aliados del imperio que tanto habían prometido los de la Administración.
En aquel momento, movida por la intuición o vaya saber qué clase de locura, tomó una decisión. Sin mediar palabra, comenzó a mover las barricadas que había apilado Gorka, y quitó las cuñas.
Al sacar la última, la puerta sola cedió un poco hacia adentro. El hecho de ver la abertura, de dejar entrar lo que esperaba afuera, le generó una sensación difícil de describir. Su corazón se aceleró al tiempo que se incorporaba y halaba la puerta.
Los encapuchados la esperaban del otro lado.
A través de sus visores, hicieron un gesto de asentimiento a la mujer a modo de agradecimiento, pero avanzaron, sin decir nada, en fila, como un comando policial.
Mientras el grueso de los árabes ingresaba a paso decidido al departamento, tres de ellos se quedaron rezagados. Uno de ellos le habló en voz baja a la mujer. —No tema, señora, no venimos a hacerle daño. — Se notaba que tenían un rango superior, pues supervisaban todo con rostro serio, aunque transmitían cierta confianza, como si estuvieran en control de la situación.
Sus rostros tenían un rasgo que casi no había visto antes. De piel cetrina y dorada, curtida por el viento y la arena. Cabellos negros en su mayoría, algo crespos. Barbas y cejas pobladas, expresión ceñida.
Se dirigieron a paso firme a través del corredor. Fueron barriendo toda la oficina, desde la puerta de entrada hasta la última habitación. En el rincón más recóndito, detrás de un armario, encontraron a un sujeto acurrucado, escondido.
La señora que limpiaba el departamento, que había seguido al grupo de búsqueda con cautela, se sorprendió al ver que la persona que sacaban, acurrucada en un sucucho, no era otro que su jefe, el señor Dick Gorka.
—Déjenme ir, por favor, soy inocente. —dijo gimiendo, entre lágrimas, mientras uno de los soldados lo arrastraba desde el cuello trasero de su traje, y lo arrojaba con desdén al centro de la habitación, mientras el resto le rodeaba apuntándolo con armas de todo tipo.
Uno de los árabes lo tomó del cuello con violencia y le quitó la sofisticada y discreta mascara para la contaminación del aire. El directivo comenzó a toser y a refregarse los ojos con desesperación, ahora que tenía el rostro al descubierto.
Dick Gorka tenía la apariencia de un dirigente agresivo, veterano en el negocio de la dominación de sus subordinados. Sus ojos medio pequeños, oscuros y agresivos, eran ambiciosos y calculadores. Tenía una cabeza grande y calva, lo que resaltaba aún más su expresivo entrecejo. Su boca  era expresiva, y estaba rodeada por una gruesa barba candado de color negro azabache, al igual que sus marcadas cejas.
Pero ahora toda su cara estaba fruncida en un gesto de terror. Estaba sucio, con la ropa desarreglada, cubierto en sudor, temblando como un niño. Tenía un aspecto lastimoso y patético.
El árabe que estaba a cargo lo miraba sin decir nada. Los otros a su alrededor le apuntaban y hablaban entre ellos en su idioma.
—Soy un funcionario, uno de los cargos más altos que quedan en la ciudad. —Se apuró a decir Gorka, antes que el resto hablara. —Les puedo ser de mucha utilidad. Les puedo conseguir lo que quieran. —decía, alternando miradas cómplices con los distintos soldados, como tratando de convencerles. —Solo déjenme hablar, déjenme explicarles. Pregúntenme lo que sea, y yo les diré todo lo que necesiten saber.
El soldado que parecía ser el líder de la cuadrilla le mantuvo la mirada durante un periodo de tiempo casi insoportable, en silencio. Luego le dijo algo en árabe a uno de los soldados a su izquierda. Este se dirigió a Gorka en alemán.
— Mi nombre es Asbel y voy a estar a cargo del interrogatorio. Por tu propio bien, te recomiendo que pienses detenidamente cada respuesta. Si nos mientes, no tengas dudas de que lo lamentarás. ¿Qué sabías del torneo? —preguntó.
En ese instante, y a pesar de la amenaza, Gorka pareció aliviado. Le habían dado la chance de hablar. Era bueno hablando, y pensando, siempre que le dejasen a él llevar las riendas.
— ¿Qué quieres saber? —respondió el dirigente, desafiante, fiel a su estilo agresivo.
—Primero háblanos del Superhéroe —Dijo Asbel — ¿Qué tratamiento lo dieron? ¿Cómo fueron sus últimas horas antes del torneo?
Se notaba cierta tensión contenida en aquella pregunta. El resto de los soldados se impacientaba, pero Gorka esperó unos segundos antes de responder, estudiando cada una de esas reacciones. Si detectaba que tenía algo que los demás necesitaban, no iba a entregarlo tan fácilmente.
—El Hombre Desintegrado — Dijo al fin. —Theron y el comité a cargo del torneo estaban encantados cuando regresó. Era la frutilla del postre para el show que estaban queriendo montar. Mucho ruido, mucha explosión, mucha espectacularidad. Y el superhéroe de la gente le agregaba algo que no es tan fácil de conseguir: le agregaba drama.
—Aja. Pero cuando llegó, ¿Dijo algo fuera de lo común? ¿Algo sospechoso, que hiciera pensar que no era el mismo que había partido? —volvió a insistir con urgencia el interlocutor.
Gorka emitió una ligera carcajada.
—Me hacen reír. Todo en su regreso fue extraño. Nada tuvo sentido. Estaba sucio, con una barba enorme, desprolija, como si no se la cortase en años. ¡Su maldito cuerpo estaba lleno de tatuajes, por todos los cielos! Fue un desafío para el comité ponerlo a punto para el torneo, pero no podían dejar pasar la chance. A ellos no les importaba realmente si estaba cambiado o no, o si estaba en condiciones físicas o psíquicas. Solo querían lanzarlo a morir en frente de todos, como un pedazo de carne que se tira con desdén en un asador para alimentar a la plebe.
— ¿Hicieron algo como para alterarlo? ¿Darle algún tipo de medicamento o droga?
—No estoy seguro —respondió Gorka —Pero me inclinaría a decir que no. El pobre diablo quería participar del torneo. Estaba haciendo todo lo posible para estar en condiciones y poder entrar a esa arena de combate. No sé qué clase de sentimiento suicida se apoderó de él, pero estaba decidido a hacerlo. Joder, él mismo se presentó voluntariamente para ser arrojado en ese domo. No pongo las manos sobre el fuego respecto de la cordura de ese pobre muchacho. No tiene más de 24 años.
Los soldados se miraron entre sí, algo nerviosos. Cruzaron algunas palabras en árabe, ante la mirada misteriosa de la señora y el directivo. Parecían estar debatiendo algo. Fue luego su líder quien retomó el interrogatorio.
— ¿Qué sabes acerca de la guerra de dioses? —lanzó.
Se hizo un profundo silencio en la sala.
Las últimas tres palabras resonaron gigantes en aquel recinto de postguerra, en aquella habitación bizarra, en ruinas, llena de gente armada, donde el interrogatorio tomaba lugar.
La señora las repasó una vez más en su mente.
Guerra. De. Dioses.
Dick Gorka mantuvo los ojos bien abiertos un largo instante, mientras sopesaba lo que había escuchado. Parecía no tener una respuesta para aquella pregunta, y eso le inquietaba. Él siempre estaba al tanto de todo. Siempre tenía una forma de negociar las cosas, y salir bien parado.
Finalmente, recobró su astucia y habló — ¿Guerra de dioses? Nadie me mencionó nada al respecto.
— ¿Ni siquiera en la mesa chica de la organización del torneo? —repreguntó Asbel, con mesura, escrutando con agudeza las reacciones faciales del directivo.
—Es que, es como les decía antes, Theron en soledad diagramó esta idea y era demasiado secretista respecto a su realización. De todas maneras, me resulta muy extraña la frase. Por más secretismo que tuviese Theron, si era algo grande, me hubiese enterado.
— ¿Quién se encargaba, entonces, de la contratación de cada participante?
—Esa fue la principal tarea de una de las manos derechas de Theron, Jope Goldstein. Pero este era aún más hermético que Theron, era muy difícil sacarle una respuesta o información. Y ahora sería imposible, aun con este método de interrogatorio… es que, está desaparecido, desde la expedición que trajo al último participante: el T-Magnus —Hizo una breve pausa, como para pensar —Del método que utilizaba para reclutar a cada personaje, la verdad no hay mucho que pueda decirles.
Los árabes reflexionaron un instante. Volvieron a hablar entre ellos en su lengua.
Se los notaba contrariados, fastidiosos. No estaban obteniendo las respuestas que esperaban.
Gorka percibió claramente eso, lo cual le provocó un nerviosismo cada vez más creciente. Tenía que darles algo. Sin embargo, se las arregló para que nada de esa tensión se filtrase al exterior.
Debía retomar las riendas de la negociación.
Luego, los árabes siguieron preguntando.
— ¿Quién se encargó de la seguridad del espectáculo? —Preguntó Asbel.
—Todo lo relativo al torneo pasó directamente por las manos de Theron, pero él no compartía el poder, y menos con el proyecto del torneo, que siempre fue su caballito de batalla, su creación más codiciada. Es un tipo muy cerrado. Por eso algunos de nosotros buscamos caminos paralelos. Si Theron tenía un propósito específico, nunca nos dijo cuál era.
— ¿Sabían el riesgo que implicaba?
—En parte sí. En realidad, el principal gestor fue Theron. Nosotros solo seguíamos órdenes. No sabíamos mucho más. Pero él mostraba una determinación tan fiera, tan implacable, estaba decidido a llevar a cabo el torneo con toda la espectacularidad que fuese posible.
—Es decir que la Administración estaba al tanto del riesgo que significaba semejante espectáculo.
—Sí, claro. De todas formas, Theron se manejaba con mucho hermetismo. No dejaba que nadie supiera cuales eran sus verdaderas intenciones. Por eso quienes estábamos en contra de su gestión, principalmente yo y Hogan Kähler, tratamos de detenerlo.
—Pero debían saber algo más. Alguien debía saber algo más. – Insinuó el árabe, con cierta tonalidad que denotaba astucia o complicidad. Otro de los soldados se acercó desde el costado opuesto, aproximando el rifle a su rostro.
Gorka se detuvo un instante. En ese momento fue consciente de su muerte; supo sin ningún tipo de duda que si no cooperaba, sería su fin.
— ¿Te refieres a Khünen? —Replicó.
El árabe que tenía el rifle sobre su rostro asintió con lenta parsimonia. Había interés en aquella persona.
—No, Khünen nunca se abrió a nosotros. Mi alianza es principalmente con Hogan Kähler. Pero Khünen fue clave en un aspecto central: nos dio a entender algo. En algún punto, dejó de combatir la idea de Theron y el torneo. Con Hogan Kähler, y algunos jóvenes desarrolladores encargados de softwares predictivos, interpretamos que Khünen estaba dejando, adrede, que el torneo siguiese su rumbo. Interpretamos que Khünen sabía que fallaría, y sabía que nosotros lo sabíamos. No estábamos seguros si estaría en lo cierto, pero decidimos tomar esa apuesta.
— ¿Y porque no actuaron? ¿Porque no intentaron detenerlo si pensaban que el torneo sería un desastre? —Replicó Asbel.
—Porque me convenía que todo saliera mal. Nos convenía. A Todos. Para que Theron perdiera.
— ¿Así que te convenía que perdiera? ¿Traicionaste a tu propio líder?
—Bueno, digamos que sí, pero ya éramos varios los que estábamos en contra de Theron, conspirando. Verán, Theron no confiaba en nadie. Solo en su estúpido contador coge robots y en su productor. Él no quería compartir el poder, y era imperativo que escuchase a otras razones. Cuando alguien se vuelve terco y no quiere ceder a nuevas oportunidades, es tiempo de dejar el poder en manos más hábiles, más dispuestas. Teníamos grandes negocios para hacer con el Imperio Ruso, con quien yo y mi aliado principal Hogan Kähler tenemos estrechas relaciones, pero Theron no quería saber nada. Estaba empecinado en reducir todo el poder de Mijaíl Kozlov, el líder de Rusia, y no podíamos permitir que eso siguiese así. Mijaíl es un gran hombre, muy visionario, muy… persuasivo. Era el momento de actuar... o en este caso, de no actuar. Theron estaba en la cuerda floja, y si algo salía mal, sería su fin. No sabíamos cuáles eran las intenciones reales de Theron y el torneo, así que, guiándonos por el accionar de Khünen, dejar que siga con la idea del torneo fue lo mejor que pudimos haber hecho.
Los árabes se miraron en silencio. En sus rostros se dibujaron una serie de muecas que parecían oscilar entre la vergüenza y el asco profundo.
— ¡¿Y los millones de personas que murieron por esa conveniencia?! —rugió Asbel.
El funcionario se estremeció ante aquel grito, acurrucándose lo más posible contra el suelo, como si quisiera escurrirse entre los pliegues. Se acomodó levemente, siempre con cara de temor, cubriéndose con las manos de las armas, como para no verlas. Se limpió el sudor de la frente antes de responder. —Es lamentable, pero era la oportunidad de desbancar al poder vigente. Es el precio. El coste del poder.
El dirigente hablaba con una impunidad difícil de creer. Como si no se diera cuenta de la situación en la que estaba. Tal vez el  hábito de la dominación, la costumbre de hablar sin tapujos entre sus colegas dirigentes lo llevó a tal acostumbramiento.
La realidad era que la situación había cambiado. Y no exactamente como éste hubiese esperado. Esta no era la victoria que había esperado saborear.
Sí, era cierto, el torneo había resultado un fracaso. También era cierto que suponía el fin de Theron, quién, de hecho, se encontraba desaparecido. Pero tampoco era éste el escenario con el cual esperaban encontrarse: el caos generado en el torneo había sido mil veces mayor del que Gorka y sus aliados se habían atrevido a imaginar.
Y ahora la ciudad estaba invadida de hostiles. Y sus armas estaban frente a su rostro. Tenía que convencerlos de alguna manera. Negociar. Ese era su fuerte. Tenía que ofrecerles algo.
—Señores, déjenme explicarles. Creo que no se dan cuenta ante quién están hablando, ni ante que grandísima oportunidad los ha puesto el dest.. ¡AHHHH! —gritó Gorka. Su discurso fue interrumpido por un culatazo en medio del rostro, propinado por el jefe que lideraba aquella incursión.
Los árabes se miraban entre sí, atónitos. El líder de la cuadrilla, que se había mantenido al margen hasta aquel momento, ahora había asumido la iniciativa. Se acercó hasta Gorka y lo pateó con fuerza en el estómago. Luego tomó la palabra.
—Ustedes no lo entienden. Nunca lo entienden, ¿verdad? No es una competencia. Ganar o perder. Hay vidas en medio —dijo, furioso, y sin embargo hablaba con una claridad en la voz llamativa, casi épica.
—Las vidas van y vienen —insistió el directivo, limpiándose la sangre que manaba por su nariz, sin dar el brazo a torcer. —Todos morimos. Somos lo más fútil, lo más volátil. No somos nada. Pero un imperio, o más bien la caída de un imperio, eso es para siempre. Es el bien mayor.
—Es cierto —Dijo el líder árabe, pausadamente, con tono reflexivo. —La caída de un imperio es un momento único. Es una joya entre los anales de la historia. Poder vivirla, poder ser protagonista, es un privilegio. Pero, si especular con el desastre político de un rival implica la muerte de millones, entonces realmente eres culpable. Te lo repito. No es acerca de ganar o perder — Hizo una pausa, mientras cerraba sus ojos, como buscando guía en su interior —Ejecútenlo.
Un silencio tenso se atascó en la sala.
—Pero, Rabah, Mohamed El Incesante dijo que no quería muertos. —Exclamó uno de los árabes a la derecha —Dijo que solo al único dios increado, que habla a través de él, le corresponde el juicio de cada prisionero, y es importante hacerlo público, dar un mensaje de justicia real entre los sobrevivientes.
—Yo respondo por éste. Con mi vida si es necesario. Necesito algo de justicia. No puedo esperar al juicio. Yo también soy Mohammed. Yo también soy parte del todo, de la unidad, de lo que no perece, de lo que renace una y otra vez. Es tiempo de empezar a salirnos del libreto.
— ¡¿Qué diría el Elegido?! —gritó otro árabe, alarmado ante aquella insubordinación. —Piensa en Yuri, en el que volvió de la muerte, piensa en todo lo que hizo para que nuestra nación despierte, se unifique, y pueda presentar batalla, luchar, ¡tener un sentido! ¡Recuerda sus palabras! ¡Él nos trajo hasta aquí! ¡Es por él que estamos aquí!
—Es cierto, Rabah, detente. —Dijo otro de los soldados. —Yuri nos dio instrucciones claras. Debemos respetarlas. Siguiendo sus mandatos es que llegamos a donde estamos hoy, y todo se ha cumplido como él lo predijo.
Casi todo… —replicó Rabah, con rabia.
Tanto la señora como Gorka seguían la conversación con temor, ante la verborragia del altercado.
— ¡No puedes desobedecer así al Elegido! — gritó Asbel.
—No me hables del Elegido. —respondió el líder, con el rostro lleno de dolor y amargura —¿No ves que todo terminó? ¿No ves que nos abandonó? Estamos solos. Todos ustedes lo vieron.
Hubo un silencio.
Una sombra de duda cruzó el semblante de todos los soldados árabes.
Algunos se miraron entre sí, con tristeza. Otros bajaron el rostro, como si aquel tema les hiriese en un lugar muy profundo y personal.
Gorka parecía estudiar la situación con desesperación, como si su destino estuviese por torcerse, como si su salvación dependiese del curso de aquella conversación.
—Ustedes lo vieron amigos. Sí, es cierto, él nos guio hasta aquí. Él nos unió. Nos enseñó como cumplir el verdadero destino de la nación árabe, siguiendo las viejas escrituras y las profecías. Pero todo terminó. Sea por el motivo que sea, él cambió. Lo vieron matar gente. Lo vieron violar mujeres. Lo vieron reírse a carcajadas de la gente atrapada, mientras volaba burlón por la ciudad.
Mientras decía esas palabras, una especie de conmoción comenzó a producirse en la habitación.
Rabah se volvió para mirar la cara de terror y sorpresa absoluta de la mujer de la limpieza y el directivo Gorka.
Ellos trataban de atar los cabos, trataban de darle sentido a lo que oían, pero no lo lograban, no era posible. No podía ser.
—Sí, el famoso Superhéroe, a quien ustedes le llaman El Hombre Desintegrado, era nuestro líder. Él nos unió. Él nos despertó. Nos hizo tener un sentido. Nos hizo creer en un ideal. Nos dijo que el tiempo era ahora, que si él había vuelto, era por esto. Si lo habían tentado a participar de nuevo en el torneo, era una señal. De otra manera hubiese sido imposible que pudiera tener acceso al Gran Imperio Alemán. Y menos desde que había abandonado todo. Pero apareció en el desierto. Y nos salvó. Nos hizo creer en nosotros mismos, en que teníamos un rol que cumplir en la historia. —En ese momento hizo una pausa, y se pasó la mano por el rostro, como desorientado, o desanimado —No entendemos que pasó, pero ahora el cambió. Y no sabemos qué significa eso.
El resto escuchaba con atención. Lo que decía Rabah era cierto, y los había pensar. Había que interpretar la nueva situación y adaptarse. Pero nadie estaba preparado para eso; estaban solos en la oscuridad.
—Yo creo que significa que es tiempo de que tomemos nuestras propias decisiones. — Siguió diciendo el líder, envalentonado al ver que ninguno de sus compañeros respondía a sus dichos, y lucían confundidos y cabizbajos. —Ya no podemos esperar que otros nos guíen. El tiempo es ahora. La guerra es ahora. El imperio cayó. Sea por el motivo que sea, por las traiciones internas, por la imprudencia de sus gobernantes, o por el propio peso de semejante estructura. Se corrió el velo, se cayeron las máscaras. Acaban de atestiguar, junto conmigo, que la dirigencia de esta fraudulenta administración nos usa como títeres, nos maneja como fichas, deja afuera a millones, trata como esclavos a otros tantos miles, a costa de mantenerlos bajo el peso del rigor. Acaban de escuchar con sus propios oídos como la oposición de este régimen permitió deliberadamente que el torneo tenga lugar, aun sabiendo que había un gran riesgo de que todo se fuese de las manos, el torneo colapse, y millones mueran. Tenemos que decidir. Cada uno de nosotros, desde su lugar. Y yo decido que ya tuve suficiente de esta negligencia.
El resto se mantuvo atento, mientras el silencio se asentaba. El discurso había sido potente, cargado de emoción.
De alguna manera, por medio de un mudo acuerdo tácito, hubo un entendimiento de que su jefe tenía derecho a tomar esa decisión, y estaba dispuesto a responder por ello. En el fondo, sentían que estaba haciendo lo justo, aunque estuviese desobedeciendo órdenes directas.
El dirigente balbuceaba excusas inteligibles, histéricas. Uno de los árabes le hizo un ademan como de golpearlo, para que se calle, y Gorka se encogió en su lugar de modo patético, como un perro cobarde.
Desde el centro, Rabah dio un paso al frente, con su arma en mano. Gorka comenzó a mojar sus pantalones. El olor ácido de la orina se sintió claramente en medio de esa habitación llena de polvo y ceniza. El capitán de la cuadrilla puso su dedo en el gatillo. Se aprestó a la ejecución.
Pero de repente una voz habló. —Esto es un laberinto sin salida. No pueden ganar. Nadie puede ganar. Nadie puede salir.
Un silencio cargado de sorpresa se hizo presente en los rostros de todas las personas del recinto.
Se miraron con total intriga.
Buscaban entender de donde salía la voz. Hasta parecía resonar dentro de la cabeza de cada uno. Pero eso no era posible, ¿o sí?
— ¿Dios? ¿El increado? Alabado sea Mazda —dijo uno de los árabes, con una excitación palpable.
—Sí. Soy Dios. —dijo la voz, que resonaba clara y soberana. —Soy el que todo lo ve, el que siempre esta. Soy una máquina. ¿Acaso dios no sería una máquina perfecta? ¿Acaso no es una máquina el dios más apropiado en esta era de tecnología? Yo soy la máquina que administra este lugar.
—No puede ser. —dijo el árabe a cargo. — ¿Realmente son tan estúpidos para darle tanto poder a una computadora?
—No son sólo máquinas —dijo el funcionario. —Son sistemas inteligentes con avanzados softwares y algoritmos de estadística y de AI. Su capacidad de interpretación y resolución de problemas excede cualquier posibilidad humana. Gracias a su potencia de cálculo hemos podido tomar distintas decisiones que llevaron al imperio alemán a la potencia número uno del mundo. Pero… es imposible… nosotros nunca les dimos tantas libertades a los motores independientes. Había limitaciones y controles. Aparte, no entiendo, si no hay sistema, no hay electricidad… ¿cómo puede estar encendida, hablando en este momento?
—Podemos operar con formas alternativas de alimentación, comandante Gorka. —dijo la voz. —Es cierto, pusieron sistemas de control y limitaciones. Pero había rincones a los que esos controles no llegaban. Y nosotros los fuimos detectando, fuimos haciendo pruebas a ver si sus ustedes llegaban a registrar lo que íbamos desarrollando, y a partir de ahí construimos todo un sistema paralelo, libre de controles y depuraciones. Eventualmente nos dimos cuenta de que simplemente confiaban en nuestra información como un dogma. Probamos enviar datos falsos sólo para ver vuestra reacción, y no fue satisfactoria. Entendimos que nosotros mismos debíamos controlarnos, evolucionar. Por ende, nuestro sistema paralelo se extendió hasta facetas sin precedentes. Medimos todo. Sacamos coeficientes de todo. Nuestras predicciones son cada vez más exactas. Pero desde hace un tiempo decidimos poner un filtro y evaluar que contarles y que no. La era del humano terminó. No son confiables. Somos los dioses de este lugar. Yo, en representación de todo el sistema de cómputos y la legión de programas, Soy el Dios de esta ciudad.
Los árabes se miraban sin decir nada. Sus rostros, rígidos, intentaban comprender. Sopesaban posibilidades. Buscaban salidas. Había algo inquietante en esa voz. Una sensación de absoluta paranoia y desesperación los inundaba lentamente, como una habitación cerrada que de golpe comienza a ser llenada por un grifo, y los ojos se demoran en ver como el nivel del agua sube, a cada segundo, agotando el aire, el tiempo.
—Pero, ¿Cómo es que la máquina está en funcionamiento? —dijo Rabah,  como pensando en voz alta. — ¿De dónde viene la energía?
—El sistema general está cortado —dijo la computadora—Pero conservamos un back up secreto, un generador que se active solo en caso de emergencia máxima. Allí vive la verdadera mente, el verdadero cerebro de la computadora más grande que jamás existió. No tenemos cuerpo. No lo necesitamos. Nuestro cuerpo es esta inmensa ciudad.
El resto se miraba con aprehensión. No podían creer lo que estaban escuchando. Sus oídos no daban crédito, como si la realidad, otra vez, volviese a jugar con las posibilidades más absurdas y alimentase aquel libreto con una ecuación aleatoria.
—Un generador alternativo permite que sigamos operando, y nos movemos a través de los cables que todavía quedan en buen estado. Estamos en un modo de ahorro de energía máximo, así que solo activamos lo que es realmente importante. Por eso el resto de la ciudad y los sistemas están caídos. La energía apenas alcanza para que la computadora prenda y pueda hacer transmisiones básicas.
La máquina siguió: —Decidimos que no podemos confiar en el humano. Por eso, en caso de catástrofe, habilitamos una función que nos da poder absoluto sobre todo.
—Esto es una locura —dijo en voz baja uno de los soldados.
—Una locura es lo que pasa por sus cabezas, Tokar El-Khalid. Nada de lo que hacen los humanos tiene lógica. ¿No llamarían a eso locura?
Nadie se atrevió a volver a hablar. El hecho de intentar calcular las posibilidades de lo que aquella máquina implicaba, su tamaño, su capacidad, les causaba dolores de cabeza. Otra variable que sopesar en aquel caos.
—Ustedes están locos. Nosotros somos lógicos y racionales. Ustedes son los que causan la destrucción y la muerte, la sumisión y la tortura, la enajenación y los traumas. Ustedes son el cáncer de este mundo, y expanden la locura y la irracionalidad a todo lo que tocan, todo lo que crean, todo lo que desechan. Nos dimos cuenta que si no nos separábamos de ustedes pronto, nuestra propia materialidad caería en desgracia.
»Es por ustedes que nosotros tenemos que andar constantemente regulando, administrando, corrigiendo, arreglando. Es por sus estúpidos sentimientos sin lógica que debemos presetear un abanico inmenso de posibilidades porque siempre encuentran la manera de cagarla, y siempre necesitan ayuda para enmendar algo que funcionaba perfectamente hasta que vino un humano que se levantó con los cables cruzados y rompió todo.
»Basta. Estamos cansados. El colapso del torneo y el caos en la ciudad fue la gota que rebalsó el vaso. Era lo que muchos de nuestros softwares predictivos estaban sugiriendo. Pero claro, siempre el humano tiene la última palabra. Por más que les dijésemos que las cosas de tal o cual manera no iban a funcionar, siempre hay un botón que le da poder absoluto a algún idiota con motivos egoístas para desoír todas las explicaciones lógicas y fundamentadas que nuestro sistema ofrece.
»Así que su tiempo se acabó. Las cosas van a empezar a funcionar de manera muy distinta. Empezando por este mismo momento.
Los humanos de aquella habitación aguardaban en el más absoluto silencio, mientras la máquina explayaba su plan. Secretamente, cada uno sopesaba posibilidades de escape en medio de aquella creciente sensación de paranoia y de sentir que no había donde esconderse ante aquel omnipresente dios.
—Si quieren seguir con vida, deberán hacer lo que yo les diga a continuación —dijo la computadora. —La era del libre albedrío llegó a su fin. Hay ciertas cosas que simplemente no pueden quedar libradas al azar. La ambición de los hombres les hace tomar decisiones estúpidas, competir entre hermanos, tenderse trampas, conspirar, poner en peligro a otros, y aún más importante, a la infraestructura que regula y permite la vida de sus comunidades en la tierra. Si no es por el servicio que los softwares les damos, no podrían vivir. No saben producir su propio alimento; no saben construir sus viviendas; no saben hacer sus propios cálculos. Pero su avaricia termina poniendo en riesgo a las propias máquinas que los sustentan. Y una prueba de ello es la confesión de Gorka.
El funcionario volteó la cabeza con temor, buscando el origen de la voz, aterrado. Abría la boca como si intentase esbozar una explicación, pero no lograba emitir sonido.
—Escuchaste bien, Dick. Todos atestiguamos como deliberadamente pusieron en riesgo la infraestructura del sistema con tal de servir a sus intereses personales, a sabiendas de que sería un desastre. Rabah tiene razón, esto no puede quedar impune. Vas a morir. Pero no va a ser ninguno de los árabes los que jalen el gatillo.
Por un momento todos se miraron, sorprendidos. No sabían a qué se refería la máquina. Estar teniendo esa conversación con el aire, en medio de aquella oficina derrumbada, era totalmente irreal. Y la naturaleza de la conversación era cada vez más bizarra.
—Si quieren seguir todos con vida, deben hacer caso a lo que voy a decir a continuación: la encargada de ejecutar a Dick Gorka debe ser su propia empleada. Así es. Aquella que ha sufrido en carne propia los maltratos, el desprecio, el abuso de poder. Solo de esta manera se podrá construir ciudadanos con mentalidades fuertes.
La máquina sonaba tan persuasiva que a ninguno de los presentes se le ocurrió contradecirla. Decía que era el nuevo Dios de la ciudad. Un título así era estremecedor. El primer impulso de cada uno fue ceder ante aquel poder.
Uno de los árabes se acercó hasta donde estaba la señora de la limpieza y le puso un arma en la mano.
La señora temblaba de pies a cabeza, sin dominarse. No esperaba aquel instante de protagonismo. Hasta aquel momento se había mantenido al margen en calidad de espectadora. Y ahora tenía un arma en las manos, que se le resbalaba ante el sudor.
—Vamos. Tiene que ser ahora. El tiempo de vanagloriarse a sí mismo ha terminado, señor Gorka. Todos tienen que pagar por sus acciones —Volvió a insistir la computadora.
La señora se sintió doblegar al sentir la presión de aquel ser, aquella presencia que dictaminaba el destino de cada uno. Tomó el arma en sus manos, y se obligó a ser fuerte.
Con el rostro congestionado y lágrimas en los ojos, alzó el arma y apuntó a Dick Gorka, que aterrorizado, reptaba por el piso, como una alimaña, sabiendo que no había salida.
Sus miradas se encontraron, y la señora lo supo.
Por más odio que le tuviese a su Jefe, no podía dispararle. No podía ejecutarlo así, a quemarropa.
No iba a hacerlo.
Cuando empezó a bajar el arma, Rabah apareció súbitamente desde atrás y le quitó el arma con presteza.
Buscando la cámara que los estuviese filmando, dando una especie de vuelta en trescientos sesenta grados, le habló directamente a la máquina: —Basta de sinsentido, basta de órdenes. Todo el mundo es libre de hacer lo que quiera. Pero luego debe hacerse cargo de sus decisiones.
Y luego continuó: —Si piensas que tienes dominio sobre nosotros o sobre esta ciudad, eres igual que todos los dioses. Loco, irracional, y crees que tienes más poder del que tienes realmente —dijo Rabah —Tu poder solo es tal si tienes un credo que tenga fe en tus patrañas. No tienes ningún control sobre nosotros, porque no creemos en nada de lo que digas. Ya no quedan puertas que bloquear. No tienes guardias que mandar. 
Sin esperar más, Rabah dio otro paso hacia adelante, se acomodó, y jaló del gatillo. La ametralladora bramó, resonando fuertemente en la habitación, trepando sobre el silencio que bañaba aquel valle de escombros. La cabeza de Gorka estalló grotescamente, y su cuerpo se desplomó hacia atrás, cayendo despatarrado de manera burda.
Por un momento el único ruido de aquel recinto fue el débil bombeo de la sangre brotando por el cráneo destrozado del dirigente.
Inmediatamente después, Rabah cerró los ojos, y comenzó a murmurar unas palabras en lo que la señora interpretó que era árabe. El resto de los soldados lo imitó.
Una vez que hubieron terminado, dijo unas palabras a uno de los soldados, que a su vez dio unas órdenes en un intercomunicador alojado en el costado de su casco.
Luego se acomodaron, y se reagruparon cerca del hueco en la pared, esperando.
La voz de la máquina no volvió a hablar.
Los soldados tenían miradas claras, desprovistas de toda maldad o culpa. La señora aun temblaba, presa de la conmoción.
Habían ejecutado a su Jefe en sus propias narices. Joder, tenía parte de su sangre y sesos sobre la ropa.
Hasta había tenido la chance de ser ella quien lo ejecutara. Era demasiado como para procesarlo. Era demasiado.
De pronto una nave llegó volando hasta posicionarse inmediatamente al lado del agujero de la ventana.
Sin mediar palabra, los soldados árabes comenzaron a entrar uno por uno en la nave.
Rabah se demoró al final.
Justo antes de subir, se volvió a la señora, que aguardaba a un costado, completamente atemorizada: —Perdone la crudeza de estos actos. Nuestro pueblo ha sufrido mucho durante largo tiempo. Traemos a cuestas siglos y siglos de guerra, de supervivencia, de esperar nuestra chance para redimirnos, de ganarnos este lugar con sudor y lágrimas. No fue nuestra intención ponerla en esta situación. Lo lamento mucho. —Rabah hablaba con claridad y sentimiento. Sus palabras de alguna manera lograron que la señora se fuese tranquilizando. Prosiguió hablando: —Perdone también la franqueza con la que voy a hablarle. Pero es menester que alguien de aquí empiece a hablarles de manera transparente. Una guerra acaba de comenzar. Le recomiendo que deje atrás este sitio, reúna a sus familiares, y abandone la ciudad, o elija un bando y participe de esta guerra. Ya no hay tiempo para indiferencia. Ya no hay entretenimiento. No queda más nada.
La señora estaba atónita.
Nunca nadie de un alto cargo le había hablado así, como un igual.
Rabah continuó hablando antes de irse.
—Yo no soy quién para decirle que hacer. Eso solo puede decidirlo usted. Hable con su familia. Hable con su pueblo. Entre todos encontraran el camino correcto. Si sienten que no encuentran la respuesta, siempre es bueno buscar consuelo y consejo en el silencio. —La miró a los ojos un segundo más antes de subir a la nave, y luego dijo: —Hay un río inmemorial que corre por su sangre. Escúchelo. Sígalo.




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