Ciudad de Berlín, Capital del Gran Imperio Alemán
Año 3029
1ro de Agosto. Día de la Gran Final
18:45 P.M.
2:15 Horas para el inicio
—Eso
salió bastante bien, yo diría. ¿No te parece? —dijo Eikki.
—Mmm
sí, es probable. Theron está viejo. Es un perro sin dientes. Amenaza, pero ya
no muerde. Es un tronco seco. Arderá bien. —Respondió Marcos.
—Veo
que no sos lento para la traición.
—Y
veo que vos te volviste flojo para las trampas. Es obvio que no salió bien esa
reunión, como también es obvio que me dijiste que había salido bien para ver si
yo condescendía con tu afirmación inicial. Te estas oxidando, Valk.
Se
miraron con odio un instante, solo para ir aflojando unas sonrisas picaras
mientras avanzaban.
Caminaban
por los pasillos absurdamente amplios de la Torre Oscura. Extrañas esculturas
abstractas, y otras no tanto, en donde se adivinaban rostros, tentáculos y
runas, bordeaban el pasillo como un templo romano. Una puerta oculta en una
pared se abrió al sentir el GPS ID de ambos; una plataforma transportadora los
esperaba para llevarlos al segundo nivel de forma más rápida. Marcos se volteó
para enfrentar el espejo, donde se arregló el pelo distraídamente. Mirando de
reojo a su compañero dijo: —Por favor, no te quedes atrás. Me aburriría mucho
sin vos.
Eikki
rio con ganas. Su risa llenó varios pasillos desiertos a lo largo de la torre.
En aquellas estancias artificiales reinaba siempre un silencio maquinal; no era
difícil romperlo. Al hacerlo se quebraba levemente la extraña atmosfera
asfixiante de aquellos lugares. Parecía haber siempre una tensión, como una
vigilancia constante. O tal vez fuese la propia paranoia de los sujetos lo que
terminaba por hacer de aquellos pasillos lugares silenciosos y tensos.
Lo
cierto fue que la risa bajó haciendo eco por cientos de pisos en aquella torre.
Marcos y Eikki circulaban tranquilamente como si se tratase de dos amigos
caminando barranca abajo por las calles del viejo Ámsterdam en una noche de
borrachera.
—A
veces siento que vamos a velocidades distintas que el resto de la gente. O
ellos están en cámara lenta, o nosotros nos movemos entre sus realidades con la
agilidad de una gacela. —dijo Marcos.
—Es
que somos apáticos. No nos interesan sus mundos construidos de basura; no nos
interesa nada. Todos los objetos de la realidad exterior para nosotros son escoria,
es una obra de teatro que aprendimos a ignorar desde chicos.
—O
sea que somos dos malditos fenómenos en un mundo de lerdos y robots.
—Exactamente.
Eso, y los dos tipos más solitarios de esta maldita ciudad.
—No sé, yo te veo siempre bien acompañado, con
Gorka y su bandita de pequeños gerentes, grandes prospectos a empresarios del
nuevo milenio, haciendo planes, a espaldas de todos. ¿O creías que era un
secreto? —Marcos miraba a Eikki de reojo. El pasillo empezaba a tomar una
curva, que rodeaba parte del edificio. El techo estaba formado por unas tramas
de vigas que iban modulando su grosor, colocadas de forma concéntrica, formando
unas tramas en un contraste blanco y negro.
—Solo se sabe lo que yo quiero que el resto
sepa —contestó Eikki con un gesto
indescifrable en el rostro. —Controlo
absolutamente mi imagen en el resto de las personas. ¿No se te ocurrió que
puedo ser un infiltrado de Theron entre la gente de Dick Gorka?
—Sería
muy fácil. Muy obvio.
—Muchas
veces esa es la mejor manera de ocultar algo.
—Solo
te digo una cosa. En cuanto caiga Górka, en cuanto se descubra su traición, más
de uno va a desear no haber nacido. Theron es despiadado con sus enemigos.
—Ah
Marcos, me encanta cuando te preocupas por mí. Tal vez seas demasiado confiado.
No sabes que pueda pasar mañana. No estés tan seguro de todo. Yo siempre caigo
parado, que no se te olvide. Y que no se te olvide que te estoy vigilando. Un
paso en falso, y de vuelta a Los Bajos. —Su sonrisa y su mirada seguían siendo
amistosos, joviales, inocentes, pero algo en su amenaza de repente se sintió
muy real. —Y por cierto, esa música que haces con tu violín, en aquella oficina
vacía que piensas que está fuera de los registros, déjame decirte que esta pasada
de moda. Tocas a destiempo, y tu vibrato es demasiado violento, te hace patinar.
Marcos
estalló en una serie de risas histéricas. Si estaba nervioso o había sido
agarrado con la guardia baja, lo disimuló excelentemente. Su risa persiguió a
la de Eikki por el espiral de pasillos.
Pero
Eikki no se reía. —Sé que vos sabes evitar las huellas que se dejan en el
sistema. Pero yo también sé hacerlo. Y sé cómo leerlas y manipularlas. Y voy a
hundirte. Que no se te olvide. Esta batalla la gano yo.
Continuaron
caminando por el laberinto inmemorial que eran esos edificios, grandes como
ciudades enteras. Bajaban ahora por el interior de la Torre, por un pasillo
alto y amplio, tan largo que no se le veía el final. Cientos de puertas ocultas
se adivinaban a los costados; escaleras, abruptas como geiseres, surgían de la
nada hacia abajo y arriba. Otros pasillos transversales y circulares dejaban
ver campos interminables de oficinas y otras salas. Una Torre de Babel combinada
con un Vórtice Infinito en donde todas las realidades convivían en una no se
hubiera visto muy distinta.
La
soledad de los dos jóvenes caminando por aquella estructura maravillosa,
resplandeciente y vacía, era casi abstracta. Las sombras de ambos se estiraban,
giraban y se achicaban en todas direcciones a medida que sus cuerpos eran
expuestos a las distintas luces de la estructura. Una puerta se abrió. Un
ascensor directo los esperaba. Se subieron.
—
¿Sabes algo de ese movimiento irregular reportado en las aduanas? Es la hija de
John Peña, ¿no? ¿Aquella chiquilla rebelde de pelo rosa? —Preguntó Eikki
mientras el ascensor bajaba a toda velocidad.
—Me extraña esa pregunta. ¿Otra trampa? Me
sorprendería que no lo supieras. ¿Estas chequeando información? ¿O quieres
robarla? ¿Cómo podrías confiar en lo que yo pudiera decirte?
—Es
simple, mi querido amigo. Puedo darme cuenta cuando mentís. Puedo saber si
mentís a medias, si mentiste al principio o al final, puedo darme cuenta que
palabra elegiste cambiar para alterar el sentido de una frase. No hay nada que
puedas ocultar. Solo tengo que soltar mi estímulo y acomodarme a ver como
reaccionas y como lenta e involuntariamente revelas toda la información que
necesito saber.
—
¿O sea que estas midiendo mis reacciones faciales y corporales? ¿No se te
ocurrió pensar que puedo darme cuenta de esta operación, y darte las
impresiones falsas?
—Se
necesitaría un actor de habilidades casi irreales para hacer tal proeza.
Digamos que es un riesgo que estoy dispuesto a tomar.
—Ok.
Juguemos un poco. A ver qué sacas de esto que te digo. Rosario, la hija de
Peña, está esperando detrás de la estación especial X2 Atlántica, a pocos
kilómetros de la luna, oculta con un software que le hace invisible la nave.
Conduce la misma nave de su padre, pero le cambio el nombre; ahora se llama ‘Sydney
Fuckers’, y solo esta tripulada por mujeres. Me han llegado rumores de que las
más salvajes orgias ocurren dentro de esa nave, que espera y espera. Pero
claro, nada de eso podría interesarte, ¿no?
—Cállate,
estúpido. ¿Y a vos que te importa a quien me cojo?
—
¿O quién te coge a vos?
La
risa de Marcos retumbó nuevamente.
—
¿Qué esperan?— dijo Eikki cambiando de tema — ¿Acaso no tenían un trato para
traficar restos de naves a esa estación clandestina?
Marcos
le dedico una mirada larga e inquisitiva. Aquel juego parecía divertirle. Tal
vez como pocas cosas le divertían en aquel mundo lleno de máquinas y controles
y gente temerosa.
—Parece
que dudan. Siempre hay un mejor postor.
—
¿Te referís a los delirantes de New-city004?— Respondió Eikki. Se quedó
pensativo un minuto. Aquello tenía sentido. Sintió que por un segundo Marcos
había logrado eludir su juego de deducción. —Se resisten a pesar del bloqueo
que les hacemos. Están resultando ser un hueso de roer más duro de lo que
pensábamos.
—
¿No pensaste en alguna estrategia más agresiva? Nos están rompiendo el orto.
Que una islita de mierda que salió del mar hace solo veintinueve años se rebele
a todo el poder del imperio es realmente un bochorno. — dijo Marcos.
—Opino
igual. Pero lograron darle al asunto la suficiente visibilidad como para
atarnos las manos. Aparte son impenetrables con su firewall informático; todos
los informadores infiltrados que mandamos volvieron con las manos vacías.
—Y
ni hablar de su independencia, tanto económica como tecnológica. Evidentemente
hay algo que no sabemos. Algo que tienen que los hace cerrarse así al resto.
Algo que no pueden comunicar. Si no armamos un plan efectivo rápido, Theron
simplemente va a estallar.
Eikki
guardo silencio. No quería seguir hablando de los herejes de New-City004. Ese
problema le daba dolores de cabeza. — ¿Dónde miras el Torneo hoy? —preguntó
cambiando de tema. — ¿Vas a uno de los palcos preferenciales, con Theron?
—No.
Sabes que no me gustan las grandes aglomeraciones de gente. Y sé que no te
gustan a vos tampoco. —Marcos miro a Eikki a los ojos, con un brillo lúdico — ¿Me
estas invitando a ver el Torneo con vos?
—Claro
que no, estúpido. Nada me molestaría más que tu arrogante y decadente compañía.
—Eikki hizo una pausa. —Aunque debo admitir que la forma en que te avergüenzas
a vos mismo es muy graciosa. Le alegras el rato a cualquiera.
—Si
claro, soy todo un carismático. Sabes que prácticamente nadie en todo el team
me soporta.
—Igual
que tampoco me soportan a mí. Seamos sinceros, ¿quién puede querer tener cerca
a alguien que le quitó todas las chances de acenso, equiparó toda la atención
de los jefes, y para colmo no para de darle órdenes y avergonzarlo por sus
errores?
—Supongo
que es cierto. No puedo culparles. Ni tampoco culparme a mí. Hago lo que
cualquiera haría, lo que todo el mundo hace. Usar sus mejores cartas para
beneficio personal. Solo que yo tengo mejores cartas, y se usarlas mejor que
nadie.
—Mejor
que casi nadie. —resaltó Eikki —Sea como sea, voy a estar en el Teatro Goberic.
Tengo una información secreta que dice que va a estar vacío. Y hackeé un código
para poder pasar indetectado. Si se te ocurre que tu propia compañía es insoportablemente
tediosa, sos bienvenido a acompañarme. Apuesto a que puedo adivinar el
resultado de la pelea mejor que vos. Te dejaría el código para que entres, pero
estoy seguro de que podes crackearlo sin mi ayuda. Digamos que es una reunión
de genios. No se admiten idiotas.
El
ascensor se detuvo y abrió su puerta. Apareció un amplio y lujoso hall, con un
techo altísimo. Frente a ellos un riel con cientos de esferas esperaba un
pasajero. Sin decir más, Eikki tomó la primera esfera y se recostó en ella,
hasta desaparecer detrás del vidrio que rápidamente se opacó al %100 y se
perdió por uno de los rieles.
Marcos
continuó bajando por el ascensor. Su vivienda estaba en la mismísima Torre
Oscura. Tenía todo un piso para él, lo que demostraba hasta qué punto había
logrado un status acomodado. Ser uno de los asesores más rendidores del dirigente
con más influencia del imperio tenía sus ventajas. El ascensor circuló a toda
velocidad, abrió su puerta e inmediatamente apareció su piso, sin mediar
pasillo. En el momento en que cruzó el umbral, su rostro cambió.
De
la cara con grandes ojos avizores y labios redondos, paso a un rostro más fino,
con huesudos pómulos, una boca enjuta y fina, y unos ojos marrones igual de
grandes pero mucho más tristes y calmados. El pelo pasó a ser una descontrolada
cabellera castaña que le llegaba a los hombros.
A
pesar de que el rostro era muy similar, la expresión era distinta, más seria y
melancólica.
Dejó
su saco a un costado y comenzó a recorrer con presteza el departamento. Se
movía rápidamente, no como alguien cansado después de un agotador día de
trabajo, con presiones y stress, sino como quién que tiene poco tiempo para
hacer algo importante.
Fue
desvistiéndose torpemente, tirando su fina ropa por el suelo sin cuidado, al
tiempo que se iba ataviando con ropa gastada, preparada para la contaminación.
Su
lujoso piso, lleno de ventanales y muebles de diseño, estaba desordenado, pero
intacto; Marcos pasó a través del decorado absorto, como si no le perteneciera.
A
medida que avanzaba, las distintas luces de la sala se iban encendiendo,
iluminando habitaciones modernas y estoicas. Marcos se dirigió a una sala que,
al detectarlo, abrió sus puertas, dando lugar a un enorme guardarropas con una
disposición rectangular, un perchero que daba toda la vuelta en forma de U,
repisas en la parte superior para los zapatos, un acolchonado sillón y una
mesada larga en medio.
El
joven gerente comenzó a revisar nerviosamente entre las prendas y zapatos, sin
encontrar lo que buscaba. Maldijo. No estaba allí.
Ofuscado,
salió del guardarropas y se dirigió a la habitación. Una cómoda cama estaba
desecha frente a un ventanal que mostraba la inmensa ciudad como un espectro
negro. A los costados había más ropa desordenada. Del lado izquierdo, donde
dormía, oculto por el colchón, había un bolso negro, pequeño y rígido. Al
verlo, Marcos recordó. Quitó el bolso, y debajo de él había una vieja campera,
con una máscara en el bolsillo.
Tomó
la campera y se dirigió rápidamente a la puerta. No tenía mucho tiempo. Abrió
una portezuela cerca de una mesada en medio de la sala, sacó un refresco y le
dio un trago desaforado. Luego se calzó el sucio y raído traje y volvió a
salir.
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